[M]is [L]ibros

Duermo con ellos apilados a un lado de mi cama, sus hojas arropan mi sueño en estas noches de frío a medio verano corriendo. Cuando el sueño reparador decide que no vendrá a visitarme a la hora acordada, me quedo en silencio como deletreando sus nombres en lo negro de mi noche, como invocándolos llamándoles por su nombre, extiendo mi mano en la obscuridad y allí están ellos, contándome una historia mientras los palpo buscando en el registro de mi memoria las equivalencias visuales a este andar a tientas de una pasta suave a otra dura, caculándo su dimensión, extensión, determinando si son de corte fino en el borde o con un acabado romo que mi tacto reconoce como si tuviera los ojos abiertos. Otros cuentan con un frente totalmente liso y otros con grabados hermosos que me gusta descomponer con la yema de los dedos para recomponerlos en mi cabeza, haciendo apuestas contra mi, para saber si he podido decifrar su dibujo principal. Muchos de ellos, a no decir la gran mayoría, me cuentan además de una historia propia que llevan en su interior, en su blanco vientre, una historía mía, una muy personal. Este, que ahora tengo entre mis manos, pequeño, rojo y de colección, me habla de un parque en antigua al medio día, en una banca confortable con el rostro en dirección a la fuente y con los ojos cerrados, dejándo que el viento fresco me enfríe la cara; El otro me lleva de la mano hasta el ruido de un riachuelo en una finquita camino de Cobán, y con tan solo cincuenta quetzales en los bolsillos, pero lleno de un deseo profundo de andar caminos; El de mas allá un buen habano Guatemalteco que impregno su olor con un humo suave en sus páginas blancas y al abrirlo es como correr la cortina del tiempo unos meses y volver a sentirlo. Otro me recuerda un día de hacer maletas y largarme para siempre de la casa de siempre y hacerme un hogar en una casa vecina. Un libro, una historia, o talvez mas de una historia.

Tengo Miedo

Irene, tengo miedo.
Fue lo único que Franz pudo escribir esta vez en esa carta y a su entender, esa única frase resumía todo lo que le atormentaba y le robaba el sueño y la vigilia y que en un momento llegó a ser tan pesado que perdía a ratos el deseo de estar con vida. Ea frase resumía aquel sentimiento de haberse ido a buscar a sí mismo una mañana y encontrar en su casa un letrero que decía, lo siento, salí a buscar a Irene. Cuando salió a buscarse, llego tarde, él ya se había ido a buscarle a ella.

– Esteban
– Dime David
– ¿Alguna vez has sentido que te mueres, que te mueres porque no puedes ve a alguién?
– No es para tando David, uno no se muere por tal cosa
– ¿David?, ¿Davi…? ¿D?


– ¿Y entonces qué haremos por la tarde?
– Iremos a ver caer la lluvia al parque, a distraer el tiempo y verlo cómo pasa.
– ¿Y después?
– Después nos vamos a poner las alas de colores y vamos a volar en dirección al polo, para mantener frescos los sueños.
– Y después?
– No lo sé, en el camino algo se me ocurrirá.


– ¿Irene, estás alli?, ¿me escuchas?, bueno solo queria decirte que estás muerta, lo descubrí recien esta mañana cuando quise abrir los ojos y lo que ví me dio mucho miedo.