Acompañando al Abuelo

Esa noche no hacía frío para tener las sábanas sobre el edredón como técnica para aislar el calor dentro de la cama, ni tampoco era una noche tropical de mediados de abril en las que es más confortable dormir sólo con las prendas usuales de cama, ésta, era una noche muy fresca, perfecta para lanzarse sobre la cama y cubrirse tan solo con una mantita delgada, que para terminar con el mejor de los finales, huela a limpio, a limpio de abuelita dedicada y esmerada. Hace una hora que me vine y dormir y desde entonces estoy dándole vueltas a los espantos que se me metieron en la cabeza con ese feo programa que el abuelo siempre escucha por las noches con religiosidad de monaguillo de iglesia de pueblo que todo el tiempo puntual asiste a los servicios religiosos para bien de su alma como repetía todo el tiempo la Mama Toya. La tal propaganda de muertos a la que asiste todas las noches el abuelo, a través de su antiquísimo radio a transistores de color negro con blanco, que de lejos asemeja a la cara de un ratón, y para ser honestos me parece una pieza delicada, una antigüedad muy respetable, que además funciona, de la cual, lo único detestable son esos animadores que desde el otro lado, en una cabina alejada, perdidos en la oscura noche de pueblo, gozan contando sus historias de espantos y aparecidos para distracción de los mas viejos y tensión nocturna de los patojos que como yo son casi obligados por los ancestros vivos a participar en la escucha del programa. Hoy no hablaron de nada que no supiera ya de antes, que de la Llorona se sabe que está cerca cuando sus gritos se escuchan lejos, perdidos en lontanza y que está lejos cuando los gritos se escuchan a unos cuantos metros, qué fregada la mía, no sólo el tema ya de por sí es de cuidado como para que encima vengan con más complicaciones como que los espectros producen además de su sola presencia efectos especiales de sonido. La historia fue relatada por el hombre de la radio con una voz gruesa y pastosa haciendo pausas para dejar que el miedo se cuele despacio entre los pensamientos y despacio también la va contando para darle una larga a la historia de nunca acabar y uno para mientras con los nervios de punta, pensando en que será de los pobres infantes que cruzan a pie la Veinte calle cuando casi es medianoche, y dale con los incautos infantes, cómo se les ocurre semejante cosa, andarse tan cerca del Cementerio General y esas horas de la noche, seguro ellos no habrán oído estos programas para tener un poco más de cuidado con la selección de la hora y el lugar de sus caminatas. Al menos le he encontrado ya un beneficio a esto de saber en donde se aparecen los espectros para tomar mis propias precauciones, pero como dice mi abuelita, al que le toca, le toca y pues ni modo. Luego de purgar la pena de acompañar al abuelo a escuchar sus distracciones me voy a dormir y me topo con que el foco de las escaleras que llevan a mi dormitorio está quemado, ¿no podría haber pasado en otro momento?, ¿por qué los focos solo se queman por las noches?, en fin, todas esas dudas me asaltan porque estoy dándole larga al hecho de subir a oscuras, que sólo me parece aterrador por la noche y después del radial, de día es la cosa mas sencilla de la vida, uno sube y baja sin contratiempos, sin dilaciones y sin pensamientos que se crucen mientras vas subiendo, que si alguien te mira mientras subes, que si alguien va caminando contigo, que si alguien cuando termine de subir va a presentarse delante de mí y escucharé su voz de ultratumba en lejanía para que sea razonable el hecho de tenerlo enfrente y escucharlo lejos, a la manera de la Llorona pienso para mis adentros. He zampado una carrera veloz, subiendo las escaleras de dos en dos para que pasar por esta penosa situación sea lo más rápido que puedo y me quedo solo en calzoncillos para no hacer intermedios y meterme a la cama luego luego. No sé si estoy dormido o estoy despierto, pero lo cierto es que escucho pasos en el primer nivel, un pasador que se mueve y rechina lentamente, como haciendo un gritito que pronto queda enmudecido, luego el viento sopla y mece las hojas de los árboles del jardín de la casa, ahora los pasos se vuelven suaves a ras del suelo, oigo la grama que se dobla ante la presencia del peso de unos pasos, de los pasos de alguién que está en el jardín, de repente me da la impresión que salgo de mí, que puedo ver la escena desde arriba y veo a un personaje, veo la sombra más bien de un personaje, se encuentra al pie de la ventana de mi dormitorio y mira hacia arriba en donde yo estoy y lo tomo a manera de saludo, mismo que no estoy muy dispuesto a corresponder, luego la sombra o el personaje o lo que sea se acerca a las rosas que madre siembra en el jardín y luego de observarlas empieza a contarlas: una, dos, tres, cuatro, cinco, …. diecisiete, luego se detiene y siento el olor que sueltan las rosas de mi madre en el jardín con el intruso, vuelve a comenzar y en lugar de contar tan solo dice: ya, ya, ya, ya, ya … ya, estoy sudando en mi cama, escucho su voz tenúe y no alcanzo a determinar si la escucho lejos o la escucho cerca, tan solo la escucho y vaya si la escucho, tanto que llena toda mi cabeza y escucho también el bombeo de la sangre desde mi corazón, fuerte, rápido, estoy exáhusto y dejo de escuchar y pensar, no sé si estoy dormido o estoy despierto, solo siento que mi corazón va a reventar y que la cabeza me duele muchísimo, ya no quiero dormir, me quedo con los ojos abiertos y lo único que puedo ver son formas fantasmales que mi cabeza arma uniendo puntos en el techo.
Ahora estoy en mi cama con una delgada manta cobijando mi sueño, sigo dándole vueltas a los fantasmas que se me metieron en la cabeza gracias al abuelo hace más de veinte años, me acompañan como recuerdos de su paso por mis días, él y los fantasmas son lo único que ahora tengo de esa niñez de pueblo que viví y que añoro profundamente. Yo sé que cuando él muera, me pasará diciendo adiós y yo estaré listo para devolverle su saludo.

El camino del equívoco nace estrecho, pero siempre encuentra quien esté dispuesto a ensancharlo, digamos que el equívoco, repitiendo el dicho popular, es como el comer y el rascar, la cuestión es empezar. José Saramago en Caín

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