La Rebelion de Atlas 1era Parte 1.d

Son pocos los libros de los cuales uno puede con toda seguridad decir que son vitales, que uno recomienda a los amigos con el mayor de los gustos, con el entusiasmó que los ojos de su entendimiento sean también esclarecidos un poco mas y que además duda en compartirlos con otros por obvias razones. No es el único libro que me permite restregarme un poco los ojos y percatarme un poco mejor de la realidad, pero sin lugar a dudas lo ha hecho y profundamente. Vamos ahora entonces a los highlights


104. Era más de medianoche cuando, sentado a su mesa, estudiando los planos del puente para la línea «John Galt», interrumpió bruscamente su trabajo, herido por una súbita emoción a la que no podía escapar, como si los efectos de aquella anestesia moral hubieran cesado de repente.
105. Se dijo que el pensamiento es un arma que se utiliza para obrar. Pero entonces no era posible acción alguna. Que el pensamiento es la herramienta con la que se efectúa una elección. Pero no le quedaba hacia qué optar. El pensamiento marca los propósitos y el modo de alcanzarlos. Sin embargo, en el cañamazo de su vida, que estaba siendo desgarrado pedazo a pedazo, no tendría voz, ni propósitos, ni medio, ni defensa.
106. «Bien —pensó—, avancemos con las manos amarradas. Avancemos con las manos cargadas de cadenas. Pero no interrumpamos la marcha. Nada puede detenerme…»
107. Se aprende a vivir con una herida abierta o con una empresa arruinada.
108. Deseó tener un amigo al que dejar observar su sufrimiento, sin jactancia y sin protección; al que acudir por un instante, tan sólo para decirle: «Estoy muy cansado» y encontrar Unos momentos de reposo.
109. El personal había sido elegido del mejor modo posible. En sus raras visitas a Nueva York casi no tenía tiempo para fijarse en aquellos aposentos, pero servían su propósito.
110. Al romperse repentinamente la tensión originada por su continua prisa, se detuvo incapaz de continuar. La lectura de los informes parecía exigirle un esfuerzo sobrehumano. Era demasiado tarde para irse a casa y dormir, y demasiado temprano para trasladarse al aeropuerto. «Estoy cansada», pensó con severa y desdeñosa indiferencia, comprendiendo que aquello pasaría.
111. Pensó que si la emoción es la respuesta a las cosas que ofrece el mundo, que si le gustaban los rieles, el edificio y, aún más, si adoraba su amor hacia ellos, existía una respuesta que ella no había escuchado hasta entonces. Pensó que sería admirable encontrar un sentimiento perdurable, como suma y expresión del propósito de todas las cosas que amaba en la tierra… Encontrar una conciencia como la suya, que representara el propio significado de su mundo, como ella lo sería de él…
112. Su idea de la vida era todo cuanto llegaría a poseer de aquel mundo deseado. Sólo pensar en ello… algún raro momento como una luz reflejada sobre su camino… Conocer, retener, seguir hasta el fin…
113. Si pretende mantener su palabra, no hable tanto de ello. Hágalo simplemente.
114. «… el más noble ideal consiste en que el hombre viva para sus hermanos; el fuerte luche por el débil; el inteligente sirva al que carece de discernimiento…»
115. ¿Para qué he de cobrar ahora ese dinero, si ello puede significar el fin de vuestra compañía? Si ésta no fuera solvente, me apresuraría a hacerlo, desde luego, pero no es ése el caso ni me gustan las actividades caritativas, ni tampoco jugarme el dinero con incompetentes. Siguen siendo ustedes la mejor compañía ferroviaria del país, y cuando se haya fundado la «John Galt»’ ofrecerán también una sólida garantía financiera. Tengo, pues, buenas razones para esperar.
116. Conducimos un expreso y ellos van en el techo de un vagón, jactándose de ser los maquinistas. ¿Qué nos importan? Disponemos de fuerza suficiente para seguir adelante, ¿no es cierto?
117. Pueden ustedes confiar. Mi querida hermana no es un ser humano, sino una máquina de combustión interna, así es que no hemos de maravillarnos de su éxito.
118. Ese tren circulará, eso por descontado, y sin interferencia de usted. Puede escoger entre si lo manejará uno de sus hombres o no. Si opta por lo segundo, el tren rodará de igual modo, aunque haya de conducir la máquina yo misma. Caso de que el puente se hunda, no quedará ferrocarril; pero si no se hunde, ningún miembro de su Unión conseguirá jamás un empleo en la línea «John Galt». Si cree que necesito a sus hombres más de lo que ellos me necesitan a mí, actúe en consecuencia. Sabe que puedo conducir una máquina, y que en cambio ellos no pueden construir un ferrocarril. Cíñase a esta evidencia. ¿Prohibirá a sus hombres que acepten la misión?
119. Adviértales lo que crea conveniente. Dígales lo que le parezca, pero déjeles la facultad de decidir y no intente prohibirles nada.
120. La elección se hizo por suertes. Dagny tomó un papel del montón en el que constaban todos los nombres. El vencedor no se encontraba allí, pero era uno de los mejores empleados de la compañía; tratábase de Pat Logan, maquinista del «Comet» Taggart en la División de Nebraska.
121. —Telegrafiad a Pat y decidle que va a tener que rebajarse a llevar un tren de mercancías —dijo Eddie. Y añadió casualmente como si se tratara de una decisión imprevista, aunque con su actitud no consiguió engañar a nadie—; Yo iré también en la locomotora. Un viejo maquinista situado junto a ella, sonrió a la vez que declaraba: —No esperaba menos de usted, Miss Taggart.
122. Los informadores que acudieron a la conferencia de prensa en las oficinas de la línea «John Galt» eran jóvenes adiestrados en la convicción de que su tarea consistía en ocultar al mundo la auténtica naturaleza de los hechos que tenían lugar en él. Su deber cotidiano se basaba en servir de auditorio para un personaje que expresara tal o cual opinión acerca del bienestar público, en frases cuidadosamente escogidas para que no significaran nada.
123. Mientras la fórmula del metal Rearden constituya mi secreto personal, y en vista de que el metal cuesta mucho menos de producir de lo que ustedes imaginan, me propongo despellejar al público obteniendo beneficios del orden del veinticinco por ciento durante los años próximos.
124. Sólo cuando uno se siente importante, había dicho Dagny, se vuelve realmente ligero y etéreo.
125. Notó también cierta plenitud al verles allí y al notar su deseo de mirarla, porque el contemplar un triunfo es el mayor de los dones que un ser humano puede ofrecer a otros.
126. Tratábase de una de las mayores emociones que pudiera concebir: no la de verse empujado, sino la de conocer el camino que se sigue.
127. Los motores constituían un código moral, encerrado en acero.
128. »Tienen vida —pensó—, pero su alma opera por control a distancia. Su alma figura en cada hombre dotado de la capacidad para lograr resultados así. Si el alma desapareciera de la tierra, los motores se pararían porque aquélla es el poder que los mantiene en movimiento, no el petróleo que circula bajo mis pies y que volvería a ser de nuevo un fluido primario; no los cilindros de acero, que se transformarían en montones de chatarra ante los muros de las cavernas ocupadas por estremecidos salvajes; sino el poder de una mente activa, el poder del pensamiento, de la elección y del propósito.»
129. Concédame un derecho de circulación sin restricciones y les demostraré cómo se mueve la tierra.
130. Dagny oyó el chasquido del cristal al estrellarse contra la pared en el mismo instante en que observaba el movimiento circular de aquel cuerpo en el momento de lanzar el vaso al otro lado de la estancia con terrible violencia. No se trataba del gesto convencional propio de una celebración, sino que poseyó todas las características de la rebelión y de la cólera; un movimiento agresivo de los que substituyen a un grito de dolor.
131. Por los hitos metálicos de rieles y motores ambos habían ido ascendiendo, impulsados por la idea de que cada uno se crea un mundo para su propio goce; que el espíritu humano confiere significado a la materia inerte, moldeándola para que sirva al propio objetivo.
132. La ruta les había conducido a ese momento en que, en respuesta al más alto de los propios valores, en una admiración no expresada por ninguna forma de tributo, el espíritu convierte al cuerpo en un tributo propio moldeándolo de nuevo como prueba, sanción y recompensa, dentro de una simple sensación de tal intensidad y goce que ninguna otra de cuantas forman la existencia es ya necesaria.
133. Pero tenía libertad para hacer que todo aquello esperase; no deseaba pensar, tan sólo evocar el contacto de los labios de Hank. Era libre para sentirlo, para vivir aquel momento en que ninguna otra cosa importaba. Sonrió desafiando a las franjas de cielo más allá de la persiana.
134. Toda la grandeza que veía en ti, no la cambiaría por la obscenidad de tu comportamiento. Tú y yo éramos dos grandes seres, orgullosos de nuestra fuerza, ¿verdad? Pues bien, esto es todo cuanto queda de nosotros y no quiero engañarme respecto a ello.
135. En cambio, he cedido a un deseo que desprecio. Un deseo que ha reducido mi mente, mi voluntad, mi ser, mi poder de existir, a una abyecta dependencia de ti; no de esa Dagny Taggart a quien admiraba, sino de tu cuerpo, de tus manos y de tu boca. Jamás quebranté mi palabra; ahora he roto el juramento de mi vida. Jamás cometí un acto censurable. Ahora habré de mentir, de escabullirme, de ocultarme. Hasta ahora podía proclamar mis deseos en voz alta y conseguir mis propósitos a la vista del mundo entero. Ahora mi único anhelo reside en algo que lamento incluso nombrar. Pero es el único que puedo sentir. Quiero tenerte y para ello lo daré todo: las fundiciones, el metal y los triunfos de mi vida entera. Quiero poseerte al precio de algo superior a mí mismo: al de mi propia estima. Deseo que lo sepas. No voy a evadirme, ni a incurrir en silenciosa indulgencia, dejando sin nombre la naturaleza de nuestras acciones. No incurriré en disimulos acerca del amor, los valores, la lealtad o el respeto. No quiero que entre nosotros quede ni un rastro de honor. Jamás pedí compasión. He obrado así por elección propia y aceptaré todas las consecuencias, incluyendo el total reconocimiento de mi acto.
136. Dagny se echó a reír. Lo más asombroso para él fue no distinguir odio ni cólera en su risa. Se reía sencilla y fácilmente, como una persona profundamente divertida y aliviada; no como quien ha solucionado un problema, sino como quien descubre que jamás existió el problema en cuestión.
137. Tengo un temperamento más primitivo de lo que supones. Te quise desde el primer momento en que te vi, y de lo único de que me avergüenzo es de no haberlo comprendido en seguida.
138. No deseo tu espíritu, ni tu voluntad, ni tu ser, ni tu alma, con tal que de vez en cuando acudas a mi lado. Soy un animal que sólo quiere lo que tú desprecias, y me propongo conseguirlo.
139. Permaneceré sentada a mí mesa, trabajando, y cuando todo lo que me rodea se haga difícil de soportar, pensaré que mi recompensa será estar contigo más tarde. ¿Lo llamas depravación? Soy mucho más depravada que tú. Te consideras culpable y, en cambio, yo lo creo un honor. Me siento más orgullosa de ello que de nada de cuanto hice; más orgullosa aún que de construir la línea.
140. Lo anónimo y lo no expresado no pueden entrar en conflicto dentro de una contradicción.
141. Todo el mundo se aprovecha de la labor de los demás. Nadie inventa nada.
142. La perspectiva de unos instantes de felicidad no valía el esfuerzo; no sentía deseos de experimentar la dicha en cuestión.
143. Ese futuro acerca del cual todos hablan y tiemblan, será como tú lo previste, porque has tenido un valor que nadie pudo concebir en ti. Las rutas de la riqueza en las que ahora forcejean por abrirse camino, han quedado abiertas gracias a tu energía para enfrentarte a todos, para no reconocer ninguna voluntad aparte de la propia.
144. Sentíase en su casa. Era el primer hogar que había tenido en la vida.
145. Cada cual aprende a su manera y a su hora.
146. Me dirigí hacia allá con la sensación de que el metal lo había cambiado todo, incluso a la gente.
147. Pero supo que a él no le importaba cuando, una vez solos, la estrechaba contra sí y sus pupilas brillaban carentes de remordimientos.
148. Era lo mismo que practicar la autopsia al cuerpo de una persona amada.
149. Sin embargo, se le desechó y se le arrojó a un montón de basura. Fue lo único que nadie consideró digno de llevarse.
150. Existen numerosas leyes, pero resultan algo elásticas y todo alcalde puede estirarlas un poco en beneficio de los amigos.
151. —Lo que no puedo soportar —respondió Bascom —es la gente que habla de principios. Ningún principio ha dado pan a nadie. Lo único que cuenta en la vida son los bienes materiales, cuanto más sólidos mejor. No hay que pensar en teorías cuando todo cae en pedazos a nuestro alrededor. En cuanto a mí, no pienso derrumbarme. Que ellos conserven sus ideas; yo me quedaré en lo concreto. No quiero ideas. Lo único que quiero son mis tres buenas comidas diarias.
152. En este mundo o se es virtuoso o se goza. Pero no las dos cosas a un tiempo; no las dos cosas.
153. —Nunca te irrites con nadie cuando te diga la verdad.
154. —Hank, cuando hayas logrado dominar tu enojo, mañana o la semana que viene, piensa un poco en la explicación de ese hombre y observa si estás de acuerdo con alguna parte de la misma.
155. El sentirse impotente era una extraña experiencia, nueva para ella. Nunca le fue difícil enfrentarse a las dificultades, ni adoptar decisiones; pero ahora no se trataba de hechos concretos, sino de una niebla desprovista de formas o de definiciones, en la que algo se formaba y desaparecía antes de poder ser visto, igual que los grumos en un líquido no fluido del todo.
156. Una mente como la suya conocería el camino a adoptar para salir airoso de la batalla.
157. Miró a su alrededor. En aquel mundo limpio y racional de los túneles, nada era tan importante como la tarea de hallar al hombre que había creado el motor. Pensó: «¿Podría retrasar aquella búsqueda con el fin de discutir con Orren Boyle, o razonar con míster Mowen, o rogar a Bertram Scudder?» Vio en su imaginación el motor ya completo, convertido en máquina capaz de arrastrar un tren de doscientos vagones por rieles de metal Rearden a doscientas millas por hora. Cuando aquella visión se hallaba dentro de lo posible, ¿iba a abandonarla y perder el tiempo discutiendo acerca de sesenta millas y de sesenta vagones?
158. No podía descender hasta una existencia en la que su cerebro estallara bajo la presión a que lo sometía, intentando no aventajar demasiado a los incompetentes. No podía permitir que funcionara frenado por la advertencia: «Cuidado. Más despacio. Cautela. No trabajes a pleno rendimiento si no te lo exigen».
159. Cerró la puerta de su dormitorio como un fugitivo que consigue unos momentos de respiro. Se movió precavidamente y se desnudó, dispuesto a meterse en la cama; no quería que ningún sonido traicionara su presencia; no deseaba ningún contacto con sus familiares, ni siquiera mental.
160. Me siento sola, querido. ¿Te importaría arrojar unas migajas de tu costosa atención a un mendigo? ¿Me dejas permanecer aquí, sin motivo formal para ello?
161. No me comprenderías si te contestara que la devoción real consiste en prestarse a la mentira, al engaño y al fraude, a fin de hacer feliz a otra persona; crear para ella la realidad que desea, si es que no le gusta aquélla en la que vive.
162. Amarla por sus defectos es maltratar a la virtud por su causa, y ello sí que significa un tributo real al amor, porque sacrificas tu conciencia, tu razón, tu integridad y tu valiosa estimación particular.
163. No me interesaban los parásitos de oficina y de laboratorio. Sólo simpatizaba con los auténticos obreros; esos hombres de manos callosas que hacen funcionar las fábricas. Todos eran amigos míos.
164. No pude establecer un sistema de hermandad y de amor en aquel pequeño Estado, entre una nación de egoístas y devoradores de dólares. No fue culpa mía. Pero no dejaré que me venzan. Nada me detendrá. Estoy combatiendo en proporciones mayores por el privilegio de servir a mi prójimo.
165. ¿Cómo íbamos a triunfar en la vida si nadie quería facilitarnos la compra de una fábrica? No podíamos competir con los afortunados que heredan una cadena de ellas. Ahora bien. ¿Es que no teníamos derecho a una oportunidad igual? No me hable usted de justicia. Trabajé como un perro, intentando ese préstamo.
166. Fue la suspensión de operaciones más ordenada que el país presenciara jamás. Todo cliente recibió su dinero acompañado de hasta el último centavo de sus intereses. Los bienes del Banco habían sido vendidos por separado a distintas instituciones financieras. Al realizarse el balance, se comprobó que las cifras cuadraban totalmente; no faltó ni sobró nada;
167. Parecía un joven contemplando una enorme y atractiva visión, abierta totalmente ante él. Las huellas de dolor o de tensión, el sedimento que los años depositan en una cara humana, habían desaparecido, y cuanto quedaba era sólo alegría, vivacidad y calma.
168. Cualquier psicólogo moderno le dirá que nadie puede rendir lo suficiente en un ambiente tan depresivo. Tenía que dar a mi oficina colores más atractivos e instalar un cuarto de baño moderno, con su correspondiente ducha. Además, me gasté muchísimo dinero en una nueva cafetería y en un recinto de descanso y juego para los trabajadores. Era preciso crear moral. Cualquier persona ilustrada sabe que el hombre está formado por esos elementos naturales que constituyen su pasado, y que la mente queda conformada por las propias herramientas de producción.
169. Debí haberlo escrito hace mucho tiempo, pero no dispuse de las adecuadas herramientas —golpeó colérico su máquina de escribir—. No puedo trabajar con esta condenada. Se salta espacios. ¿Cómo conseguir inspiración y redactar un libro de éxito con una máquina que se salta espacios?
170. ¿Nuestro plan? Pusimos en práctica el noble precepto histórico de a cada cual según su habilidad; a cada cual según sus necesidades. Todos cuantos trabajaban en la fábrica, desde las mujeres de la limpieza hasta el presidente, percibían idéntico salario; el mínimo adecuado a sus exigencias cotidianas. Dos veces al año nos reuníamos, y cada uno de ellos presentaba sus reclamaciones acerca de lo que consideraba necesario. El voto de la mayoría establecía las necesidades y los recursos de cada cual, y las rentas de la fábrica eran distribuidas según ello. Las recompensas se basaban en la necesidad y los castigos en la habilidad. Aquellos quienes, según la votación, padecían mayor miseria, recibían las cantidades más elevadas. Quienes no habían producido lo señalado por nuestras normas, eran obligados a pagar una multa, trabajando horas extra. Tal fue nuestro plan, basado en el principio de la renunciación. Requería hombres que actuaran no por deseo de beneficios, sino por amor a sus hermanos.
171. En cuatro años, un plan concebido, no por el frío cálculo de la mente, sino por puro amor, nacido en el corazón, tuvo que fenecer entre un sórdido revoltijo de policías, abogados y declaraciones de bancarrota. Pero he visto mi error y me siento libre de él. Nada quiero ya con el mundo de las máquinas, con los fabricantes, con el dinero, con ese mundo esclavizado por la materia.
172. Tan sólo puedo ofrecerle una sugerencia: según la esencia y la naturaleza de la vida, la contradicción no puede existir. Si cree usted inconcebible que ese invento sensacional pueda quedar abandonado entre unas ruinas, y que un filósofo prefiera trabajar como cocinero, compruebe sus premisas y notará que una de ellas es falsa.
173. Llevaba largo rato conduciendo por la serpenteante carretera y las luces del restaurante se habían perdido desde mucho tiempo atrás en la distancia, cuando notó que el gusto del cigarro que le diera Akston la complacía en extremo; era distinto a cuantos hubiera fumado hasta entonces. Levantó la colilla hasta la luz del parabrisas, buscando la marca. Pero no había nombre alguno, sino tan sólo un pequeño dibujo estampado en oro sobre el fino y blanco papel, representando el emblema del dólar.
174. El único sentimiento concreto que aquellas imágenes dejaron en ella fue el de la proximidad de un inaudito desastre y el de que era preciso evitarlo.
175. Aunque yaciera aplastada bajo las ruinas de una casa, aunque se sintiera hecha añicos por la explosión de una bomba, mientras siguiera existiendo comprendería que la acción es la obligación primordial del hombre, sin importar los propios sentimientos.

Escrito mientras escuchaba el disco “Unplugged in Sweden” de Chris Cornell y un Henssy

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